Una de las cosas que más placer me produce, es viajar, salirme de la rutina, del estresante ritmo que se vive en este mundo tan competitivo, escapar del caos de la ciudad, y disfrutar del inmaculado aroma del campo, ese aire puro que entra por cada poro
de nuestro ser, y que nos da esa sensación de estarnos curando, dejando atrás la vorágine ruidosa que es la selva de cemento. Mirar los cielos azules llenos de nubes de algodón, me produce una emoción de infinitud incomparable, muy distinta de la casi claustrofobia que me hace sentir los grises amargos de los cielos de la ciudad,
mirar por la ventana mientras el bus o el avión me llevan a mi nuevo destino, me hace caer en un estado de introspección, un estado donde me encuentro con todos mis demonios, no para decirles adiós y dejarlos atrás, si no para aprender a convivir con ellos, así de increíble es lo que siento cada vez que emprendo un viaje.
de nuestro ser, y que nos da esa sensación de estarnos curando, dejando atrás la vorágine ruidosa que es la selva de cemento. Mirar los cielos azules llenos de nubes de algodón, me produce una emoción de infinitud incomparable, muy distinta de la casi claustrofobia que me hace sentir los grises amargos de los cielos de la ciudad,
mirar por la ventana mientras el bus o el avión me llevan a mi nuevo destino, me hace caer en un estado de introspección, un estado donde me encuentro con todos mis demonios, no para decirles adiós y dejarlos atrás, si no para aprender a convivir con ellos, así de increíble es lo que siento cada vez que emprendo un viaje.
Caminar en busca del destino deseado, entre los regalos de la naturaleza, me resulta embelesador, mis sentidos se disparan, luchando entre ellos por percibir más de todo.
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